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Enrique Martyn
Luz
usada enteramente
por Dios
1781
- 1812
Arrodillado en una playa de la India, Enrique Martyn derramaba su alma
ante el Maestro y oraba: “Amado Señor, yo también andaba en el país
lejano; mi vida ardía en el pecado....quisiste que yo regresase, ya no
más un tizón para extender la destrucción, sino una antorcha que
resplandezca por ti (Zacarías 3:2) ¡Heme aquí
entre las tinieblas más densas, salvajes y opresivas del paganismo.
Ahora, Señor quiero arder hasta consumirme enteramente por ti!”
El
intenso ardor de aquel día siempre motivó la vida de ese joven. Se dice
que su nombre es: “el nombre más heroico que adorna la historia de la
Iglesia de Inglaterra, desde los tiempos de la reina Isabel”. Sin
embargo, aun entre sus compatriotas, él no es muy conocido.
Su
padre era de físico endeble. Después que él murió, los cuatro hijos,
incluyendo Enrique, no tardaron en contraer la misma enfermedad de su
padre, la tuberculosis.
Con
la muerte de su padre, Enrique perdió el intenso interés que tenía por
las matemáticas y más bien se interesó grandemente en la lectura de la
Biblia. Se graduó con honores más altos de todos los de su clase. Sin
embargo, el Espíritu Santo habló a su alma: “Buscas grandes cosas
para ti, pues no las busques.” Acerca de sus estudios testificó:
“Alcancé lo más grande que anhelaba, pero luego me desilusioné al ver
que sólo había conseguido una sombra.”
Tenía
por costumbre levantarse de madrugada
y
salir a caminar solo por los campos para gozar de la comunión íntima con
Dios. El resultado fue que abandonó para siempre sus planes de ser
abogado, un plan que todavía seguía porque “no podía consentir en ser
pobre por el amor de Cristo”.
Al
escuchar un sermón sobre “El estado perdido de los paganos”,
resolvió entregarse a la vida misionera. Al conocer la vida abnegada del
misionero Guillermo Carey, dedicaba a su gran obra en la India, se
sintió guiado a trabajar en el mismo país.
El
deseo de llevar el mensaje de salvación a los pueblos que no conocían a
Cristo, se convirtió en un fuego inextinguible en su alma después que
leyó la biografía de David Brainerd, quien murió siendo aún muy joven, a
la edad de veintinueve años. Brainerd consumió toda su vida en el
servicio del amor intenso que profesaba a los pieles rojas de la América
del Norte. Enrique Martín se dio cuenta de que, como David Brainerd, él
también disponía de poco tiempo de vida para llevar a cabo su obra, y se
encendió en él la misma pasión de gastarse enteramente por Cristo en el
breve espacio de tiempo que le restaba. Sus sermones no consistían en
palabras de sabiduría humana, sino que siempre se dirigía a la gente,
como “un moribundo, predicando a los moribundos”.
A
Enrique Martyn
se le presentó un gran problema cuando la madre de su novia, Lidia
Grenfel, no consentía en el casamiento porque él deseaba llevar a su
esposa al extranjero. Enrique amaba a Lidia y su mayor deseo terrenal
era establecer un hogar y trabajar junto con ella en la mies del Señor.
Acerca de esto él escribió en su diario lo siguiente: “Estuve orando
durante hora y media, luchando contra lo que me ataba...Cada vez que
estaba a punto de ganar la victoria, mi corazón regresaba a su ídolo y,
finalmente, me acosté sintiendo una gran pena.”
Entonces se acordó de David Brainerd, el cual se negaba a si mismo todas
la comodidades de la civilización, caminaba grandes distancias solo en
la floresta, pasaba días sin comer, y después de esforzarse así durante
cinco años volvió, tuberculoso, para fallecer en los brazos de su novia,
Jerusha, hija de Jonatán Edwards.
Por
fin que Enrique Martyn
también ganó la victoria, obedeciendo al llamado a sacrificarse por la
salvación de los perdidos. Al embarcarse, en 1805, para la India,
escribió: “Si vivo o muero, que Cristo sea glorificado por la cosecha
de multitudes para EL”
A
bordo del navío, al alejarse de su patria, Enrique Martyn
lloró como un niño. No obstante, nada ni nadie podían desviarlo de su
firme propósito de seguir la dirección divina. El también era un tizón
arrebatado del fuego, por eso repetidamente decía: “Que yo sea una
llama de fuego en el servicio divino.”
Después de una travesía de nueve largos meses a bordo y cuando ya se
encontraba cerca de su destino, pasó un día entero en ayuno y oración.
Sentía cuán grande era el sacrificio de la cruz y cómo era igualmente
grande su responsabilidad para con los perdidos en la idolatría que
sumaban multitudes en la India. Siempre repetía: “Sobre tus muros,
oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán
jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua,
hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra”
(Isaías 62:6,7).
La
llegada de Enrique Martyn
a la India, en el mes de abril de 1806, fue también en respuesta a la
oración de otros. La necesidad era tan grande en ese país, que los
pocos obreros que habían allí se pusieron de acuerdo en reunirse en
Calcuta de ocho en ocho días, para pedir a Dios que enviase un hombre
lleno del Espíritu Santo y de poder a la India. Al desembarcar Martyn,
fue recibido alegremente por ellos, como la respuesta a sus oraciones.
Es
difícil imaginar el horror de la tinieblas en que vivía ese pueblo,
entre el cual fue Martyn
a vivir. Un día, cerca del lugar donde se hospedaba, oyó una música y
vio el humo de una pira fúnebre, acerca de las cuales había oído hablar
antes de salir de Inglaterra. Las llamas ya comenzaban a subir del
lugar donde la viuda se encontraba sentada al lado del cadáver de su
marido muerto. Martyn,
indignado, se esforzó pero no pudo conseguir salvar a la pobre víctima.
En
otra ocasión fue atraído por el sonido de címbalos a un lugar donde la
gente rendía culto a los demonios. Los adoradores se postraban ante un
ídolo, obra de sus propias manos, ¡al que adoraban y temían! Martyn
se sentía “realmente en la vecindad del infierno”.
Rodeado de tales escenas, él se esforzaba más y más, incansablemente,
día tras día en aprender la lengua. No se desanimaba con la falta de
fruto de su predicación, porque consideraba que era mucho más importante
traducir las Escrituras y colocarlas en las manos del pueblo. Con esa
meta fija en su mente perseveraba en la obra de la traducción,
perfeccionándola cuidadosamente, poco a poco, y deteniéndose de vez en
cuando para pedir el auxilio de Dios.
Cómo
ardía su alma en el firme propósito de dar la Biblia al pueblo, se ve en
uno de sus sermones, conservado en el Museo Británico, y que copiamos a
continuación
“Pensé en la situación triste del moribundo, que tan sólo conoce
bastante de la eternidad como para temer a la muerte, pero no conoce
bastante del Salvador como para vislumbrar el futuro con esperanza. No
puede pedir una Biblia para aprender algo en que afirmarse, ni puede
pedir a la esposa o al hijo que le lean un capítulo para consolarlo.
¡La Biblia, ah, es un tesoro que ellos nunca poseyeron! Vosotros
que tenéis un corazón para sentir la miseria del prójimo nosotros que
sabéis cómo la agonía del espíritu es más cruel que cualquier
sufrimiento del cuerpo, vosotros que sabéis que está próximo el día en
que tendréis que morir. ¡OH, dadles aquello que será un consuelo a la
hora de la muerte!”
Para
alcanzar ese objetivo, de dar las Escrituras a los pueblos de la India y
de Persia, Martyn
se dedicó a la traducción de día y de noche, en sus horas de descanso y
mientras viajaba. No disminuía su marcha ni cuando el termómetro
registraba el intenso calor de 50º, ni cuando sufría de fiebre
intermitente, ni debido a la gravedad de la peste blanca que ardía en su
pecho.
Igual
que David Brainerd, cuya biografía siempre sirvió para inspirarlo,
Enrique Martyn
pasó días enteros en intercesión y comunión con su “amado, su querido
Jesús”. “Parece”, escribió él, “que puedo orar cuanto
quiera sin cansarme. Cuán dulce es andar con Jesús y morir por EL...”
Para él la oración no era una mera formalidad, sino el medio de alcanzar
la paz y el poder de los cielos, el medio seguro de quebrantar a los
endurecidos de corazón y vencer a los adversarios.
Seis
años y medio después de haber desembarcado en la India, a la edad
de
31
años, cuando emprendía un largo viaje, falleció. Separado de los
hermanos, del resto de la familia, rodeado de perseguidores, y su novia
esperándolo en Inglaterra, fue enterrado en un lugar desconocido.
¡Fue
muy grande el ánimo, la perseverancia, el amor y la dedicación con que
trabajó en la mies de su Señor!
Su celo ardió hasta consumirlo en ese corto espacio de seis años y
medio. Nos es imposible apreciar cuán grande fue la obra que realizó en
tan pocos años. Además de predicar, logró traducir parte de las
Sagradas Escrituras a las lenguas de una cuarta parte de todos los
habitantes del mundo. El Nuevo Testamento en indí, indostaní y persa, y
los evangelios en judaico-persa son solamente una parte de sus obras.
Cuatro años después de su muerte nació Fidelia Fiske en la tranquilidad
de Nueva Inglaterra. Cuando todavía estudiaba en la escuela, leyó la
biografía de Enrique Martyn.
Anduvo cuarenta y cinco kilómetros de noche, bajo violenta tempestad
de nieve, para pedir a su madre que la dejase ir a predicar el evangelio
a las mujeres y les habló del amor de Jesús, hasta que el avivamiento en
Oroomiah se convirtió en otro Pentecostés.
Si
Enrique Martyn,
que entregó todo para el servicio del Rey de reyes, pudiese hoy visitar
la India y Persia, cuán grande sería la obra que encontraría, obra
realizada por tan gran número de fieles hijos de Dios, en los cuales
ardió el mismo fuego encendido por la lectura de la biografía de ese
precursor.
El
“Juan Bunyan de Gales”
1766 – 1838
Sus
padres le pusieron el nombre de “Christmas” (Navidad), porque nació
el día de Navidad, en 1766. La gente lo apodó “Predicador Tuerto”,
porque era ciego de un ojo. Alguien se refirió así a Christmas Evans:
“Era el hombre más alto, el de mayor fuerza física y el más corpulento
que jamás vi. Tenía un solo ojo, si hay razón para llamar a eso ojo,
porque, con más propiedad se podría decir que era una estrella
luminosa, que brillaba como el planeta Venus.” También se le llamó
“El Juan Bunyan de Gales”, porque era el predicador que, en la
historia de ese país, disfrutó más el poder del Espíritu Santo. En
todos los lugares donde predicaba, se producía un gran número de
conversiones. Su don de predicar era tan extraordinario, que con toda
facilidad conseguía que un auditorio de 15 a 20 mil personas, de
sentimientos y temperamento diferentes, lo escuchasen con la más
profunda atención. En las iglesias no cabían las multitudes que iban
a escucharlo durante el día; de
noche siempre predicaba al aire libre
a la luz de las estrellas.
Por
un tiempo vivió entregado a las diversiones y a la embriaguez.
Durante una lucha fue gravemente acuchillado; en otra ocasión lo
sacaron del agua como muerto, y aún otra vez, se cayó de un árbol
sobre un cuchillo. En las contiendas era siempre el campeón, hasta
que, por fin, en un combate sus compañeros lo cegaron de un ojo.
Dios, sin embargo, fue misericordioso con él durante ese período,
conservándolo con vida, para más tarde utilizarlo en su servicio.
A
la edad de 17 años fue salvo; aprendió a leer, y poco después fue
llamado a predicar y fue separado para el ministerio. Sus sermones
eran secos y sin fruto, hasta que un día cuando viajaba para Maentworg,
amarró su caballo y penetró en el bosque donde derramó su alma en
oración a Dios. Igual que Jacob en Peniel, no se apartó de ese lugar
hasta recibir la bendición divina. Después de aquel día reconoció la
gran responsabilidad de su obra; siempre su espíritu se regocijaba en
la oración y se sorprendió grandemente por los frutos gloriosos que
Dios comenzó a concederle. Antes tenía talentos y cuerpo de gigante.
Era valiente como un león y humilde como cordero; no vivía para sí,
sino para Cristo. Además de tener, por naturaleza, una mente ágil y
una manera conmovedora de hablar, poseía un corazón que rebosaba amor
para con Dios y su prójimo. Verdaderamente era una luz que ardía y
brillaba.
Andaba de pie por el sur de Gales, predicando, a veces hasta cinco
sermones en el mismo día. A pesar de no estar bien vestido y de sus
maneras ordinarias, grandes multitudes afluían para oírlo. Vivificado
con el fuego celestial, se elevaba en espíritu como si tuviese alas de
ángel, y el auditorio se contagiaba y se conmovía también. Muchas
veces los oyentes rompían en llanto y en otras manifestaciones, que no
podían evitar. Por eso eran conocidos como los “Saltadores galeses”.
Evans creía firmemente que sería mejor evitar los dos extremos: el
exceso de ardor y la demasiada frialdad. Pero Dios es un ser
soberano, que obra de varias maneras. A uno El atrae por el amor,
mientras que a otros El aterra con los truenos del Sinaí para que
hallen la paz preciosa en Cristo. Los indecisos a veces son sacudidos
por Dios sobre el abismo de la angustia eterna, hasta que clamen
pidiendo misericordia y encuentren el gozo inefable. El cáliz de
ellos rebosa, hasta que algunos, no comprendiendo, preguntan: “¿Por
qué tanto exceso?”
Acerca de la censura que se hacía de los cultos, Evans escribió: “Me
admiro de que el genio malo, llamándose
"el ángel del orden", quiera
tratar de cambiar todo lo que respecta a la adoración de Dios,
volviéndola en un culto tan seco como el monte Gilboa. Esos
hombres de orden desean que el rocío caiga y el sol brille sobre todas
sus flores, en todos los lugares, menos en los cultos del Dios
Todopoderoso. En los teatros, en los bares y en las reuniones
políticas los hombres se conmueven, se entusiasman, y se exaltan como
tocados por el fuego, igual que cualquier
"Saltador Galés".
Pero, conforme a sus deseos, ¡no debe existir nada que le dé vida y
entusiasmo a los cultos religiosos! Hermanos, meditad en esto!
¿Tenéis razón o estáis equivocados?”
Se
cuenta que en cierto lugar tres predicadores tenían que hablar, siendo
Evans el último. Era un día de mucho calor, los dos primeros sermones
fueron muy largos, de modo que todos lo oyentes estaban indiferentes y
casi exhaustos. No obstante, después, cuando Evans llevaba unos
quince minutos predicando sobre la misericordia de Dios, tal cual se
ve en la parábola del Hijo Pródigo, centenares de personas que estaban
sentadas en la hierba, repentinamente se pusieron de pie. Algunos
lloraban y otros oraban llenos de angustia. Fue imposible continuar
el sermón, la gente continuó llorando y orando durante el día entero,
y toda la noche hasta el amanecer.
En
la isla de Anglesea, sin embargo, Evans tuvo que enfrentarse a una
doctrina encabezada por un orador elocuente e instruido. En la lucha
contra el error de esa secta, Evans comenzó a decaer espiritualmente.
Después de algunos años, ya no poseía el mismo espíritu de oración ni
sentía el gozo de la vida cristiana. El mismo cuenta cómo buscó y
recibió de nuevo la unción del poder divino que hizo que su alma se
encendiera aún más que antes:
“No
podía continuar con mi corazón frío con relación a Cristo, a su
expiación y a la obra de su Espíritu. No soportaba el corazón frío en
el púlpito, en la oración secreta y en el estudio, especialmente
cuando me acordaba de que durante quince años mi corazón se había
abrasado como si yo hubiese andado con Jesús en el camino a Emaús.
Por fin, llegó el día que jamás olvidaré: En el camino a Dolgelly,
sentí la necesidad de orar, a pesar de tener el corazón endurecido y
el espíritu carnal. Después que comencé a suplicar, sentí como que
unas pesadas cadenas que me ataban, caían al suelo, y como que dentro
de mí se derretían montañas de hielo. Con esta manifestación aumentó
en mí la certeza de haber recibido la promesa del Espíritu Santo. Me
parecía que mi espíritu se había librado de una prolongada prisión, o
como si estuviese saliendo de la tumba de un invierno extremadamente
frío. Las lágrimas me corrieron abundantemente y me sentí constreñido
a clamar y pedir a Dios el gozo de su salvación y que El visitase de
nuevo las iglesias de Anglesea que estaban bajo mi cuidado. Supliqué
por todas las iglesias, mencionando el nombre de casi todos los
predicadores de Gales. Luché en oración durante más de tres horas.
El espíritu de intercesión comenzó a pasar sobre mí, como ondas una
después de otra, impelidas por un viento fuerte, hasta que mis fuerzas
físicas se debilitaron de tanto llorar. Fue así que me entregué
enteramente a Cristo, en cuerpo y alma, en talentos y obras, mi vida
entera, todos los días y todas las horas que aún me restaban por
vivir, incluyendo todos mis anhelos. Todo, todo lo puse en las manos
de Cristo....... En el primer culto, después de esta experiencia, me
sentí como removido de la región espiritualmente estéril y helada,
hacia las tierras agradables de las promesas de Dios. Comencé
entonces, de nuevo, los primeros combates de oración, sintiendo
fuertes anhelos por la conversión de los pecadores, tal como había
sentido en Leyn. Me apoderé de la promesa de Dios. El resultado fue,
que al volver a casa vi que el Espíritu estaba obrando en los hermanos
de Anglesea dándoles el espíritu de oración insistente.”
Ocurrió entonces un gran avivamiento, pasando del predicador a la
gente en todos los lugares de la isla de Anglesea, y en todo Gales.
La convicción de pecado pasaba sobre los auditorios como grandes
oleadas. El poder del Espíritu Santo obraba, hasta que el pueblo
lloraba y danzaba de gozo. Uno de los que asistieron a su famoso
sermón sobre el Endemoniado Gadareno, cuenta cómo Evans retrató tan
fielmente las escena de la liberación del pobre endemoniado, al
admiración de la gente al verlo liberado, el gozo de la esposa y de
los hijos cuando volvió a la casa ya curado, que el auditorio rompió
en grandes risas y llanto. Otro se expresó así: “El lugar se
volvió un verdadero
"Boquim de lloro "
(Jueces 2:1-5). Otro más dijo que el auditorio quedó como los
habitantes de una ciudad sacudida por un terremoto, que salen
corriendo, se postran en tierra y claman la misericordia de Dios.
Como no era poco lo que sembraba, recogía
abundantemente, y al ver la abundancia de la cosecha, sentía que su
celo ardía de nuevo y que su amor aumentaba, llevándolo a trabajar con
más ahínco aún. Su firme convicción era que nadie, ni aun la mejor
persona, puede salvarse sin la operación del Espíritu Santo, ni el
corazón más rebelde puede resistir al poder del mismo Espíritu. Evans
tenía siempre un objetivo cuando luchaba en oración; se apoyaba en las
promesas de Dios, suplicando con tanta insistencia como aquel que no
se va antes de recibir. El decía que la parte más gloriosa del
ministerio del predicador era el hecho de agradecer a Dios por la obra
del Espíritu Santo en la conversión de los pecadores.
Como vigía fiel, no podía pensar en dormir mientras la ciudad se
incendiaba. Se humillaba ante Dios, agonizando por la salvación de
los pecadores, y de buena voluntad gastó sus fuerzas y su salud por
ellos. Trabajaba sin descanso, sin temer la censura de los religiosos
fríos, el desprecio de los perdidos, ni la ira y la furia de los
demonios.
A
la edad de 73 años, sin mostrar disminución en sus fuerzas físicas ni
mentales, predicó el último sermón, como de costumbre, bajo el poder
de Dios. Al finalizar dijo: “Este es mi último sermón.” Los
hermanos creyeron que se refería a su último sermón en aquel lugar.
Pero el hecho es que cayó enfermo esa misma noche. En la hora de su
muerte, tres días después, se dirigió al pastor, que lo hospedaba, con
estas palabras: “Mi gozo y consuelo es que después de dedicarme a la
obra del santuario durante cincuenta y tres años, nunca me faltó
sangre en el lebrillo. Predica a Cristo a la gente.” Luego, después
de cantar un himno, dijo: “¡Adiós! ¡Adiós!” y falleció.
La
muerte de Christmas Evans fue uno de los acontecimientos más solemnes
de toda la historia del principado
de
Gales. Fue llorado en el país
entero.
El
fuego del Espíritu Santo hizo que los sermones de este siervo de Dios
enardecieran de tal manera los corazones, que la gente de su
generación no podía oír pronunciar el nombre de Christmas Evans sin
recordar vívidamente al Hijo de Maria en el pesebre de Belén, su
bautismo en el Jordán, el huerto de Getsemaní, el tribunal de Pilato,
la corona de espinas, el Monte Calvario, el Hijo de Dios inmolado en
el altar y el fuego santo que consumía todos los holocaustos, desde
los días de Abel hasta el día memorable en que fue apagado por la
sangre del Cordero de Dios.
GUILLERMO CAREY
Padre de
las misiones modernas
1761 – 1834
Siendo niño, Guillermo Carey sentía una verdadera pasión por el
estudio de la naturaleza. Su dormitorio estaba lleno de colecciones
disecadas de insectos, flores, pájaros, huevos, nidos, etc. Cierto
día, al intentar alcanzar un nido de pájaro, cayó de un árbol alto.
Cuando trató de subir por la segunda vez, cayó nuevamente. Insistió
por tercera vez en su intento, pero cayó quebrándose una pierna.
Algunas semanas después, antes de que su pierna estuviese
completamente sana, Guillermo entró en su casa con el nido en la mano,
“¡Subiste
al árbol nuevamente!”
exclamó su madre. “No pude evitarlo. Tenía que poseer el nido,
mamá”, respondió el chiquillo.
Se
dice que Guillermo Carey, fundador de las misiones actuales, no estaba
dotado de una inteligencia superior ni poseía tampoco ningún don que
deslumbrase a los hombres. Sin embargo, fue esa característica de
persistir, con espíritu indómito e inconquistable, hasta llevar a
término todo cuanto iniciaba, el secreto del maravilloso éxito de su
vida.
Cuando Dios lo llamaba para que iniciara alguna tarea, él permanecía
firme, día tras día, mes tras mes, y año tras año hasta acabarla.
Dejó que el Señor se sirviera de su vida, no solamente para
evangelizar durante un período de cuarenta y un años en el extranjero,
sino también para realizar la hazaña, por increíble que parezca, de
traducir las Sagradas Escrituras a más de treinta lenguas.
El
abuelo y el padre del pequeño Guillermo eran, respectivamente,
profesor y sacristán (Iglesia Anglicana) de la parroquia. De esa
manera el hijo aprendió lo poco que el padre podía enseñarle. Pero no
satisfecho con eso, Guillermo continuó sus estudios sin maestro.
A
los doce años adquirió un ejemplar del vocabulario latino, por
Dyche, que Guillermo se aprendió de memoria. A los catorce años
se inició en el oficio como aprendiz de zapatero. En la tienda
encontró algunos libros, de los cuales aprovechó para estudiar. De
esa manera inició el estudio de griego. Fue en ese tiempo que llegó a
reconocer que era un pecador perdido, y comenzó a examinar
cuidadosamente las Escrituras.
Poco después de su conversión, a los 18 años de edad, predicó su
primer sermón. Al verificar que el bautismo por inmersión es bíblico
y apostólico, dejó la denominación a que pertenecía. Tomaba prestado
libros para estudiar, y a pesar de vivir pobremente, adquirió algunos
libros usados. Uno de sus métodos para aumentar el conocimiento de
otras lenguas, consistía en leer diariamente la Biblia en latín, en
griego y en hebreo.
A
los veinte años de edad se casó. Sin embargo, los miembros de la
iglesia donde predicaba eran pobres y Carey tuvo que continuar con su
oficio de zapatero para ganar el pan cotidiano. El hecho de que el
señor Old, su patrón, exhibiese en la tienda un par de zapatos
fabricados por Guillermo, como muestra, era una buena prueba de la
habilidad del muchacho.
Fue
durante el tiempo que enseñaba geografía en Moulton que Carey leyó el
libro titulado Los viajes del Capitán Cook, y Dios le habló a
su alma acerca del estado abyecto de los paganos que vivían sin el
evangelio. En su taller de zapatero fijó en la pared un mapamundi de
gran tamaño, que él mismo había diseñado cuidadosamente. En ese mapa
incluyó toda la información pertinente disponible; el número exacto de
la población, la flora y la fauna, las características de los
indígenas de todos lo países. Mientras reparaba los zapatos,
levantaba los ojos de vez en cuando para mirar su mapa y meditaba
sobre las condiciones de los distintos pueblos y la manera de
evangelizarlos. Fue así como sintió más y más el llamado de Dios para
que preparase la Biblia para los millones de hindúes, en su propia
lengua.
La
denominación a la que Guillermo pertenecía, después de aceptar el
bautismo por inmersión, se hallaba en gran decadencia espiritual.
Esto fue reconocido por algunos de los ministros, los cuales
convinieron en pasar “una hora orando el primer lunes de todos los
meses”, pidiendo a Dios un gran avivamiento de la denominación. En
efecto, se esperaba un despertamiento, pero como sucede muchas veces,
no pensaron en la manera en que Dios les respondería. En aquel tiempo
las iglesias no aceptaban la idea de llevar el evangelio a los
paganos, por considerarla absurda. Cierta vez, en una reunión del
ministerio, Carey se levantó y sugirió que ventilasen este asunto;
El deber de los creyentes en promulgar el evangelio entre las naciones
paganas. El venerable presidente de la reunión, sorprendido, se
puso de pie y gritó: “Joven, siéntese! Cuando Dios tuviese a bien
convertir a los paganos, El lo hará sin su auxilio ni el mío.”
A
pesar de ese incidente, el fuego continuó ardiendo en el alma de
Guillermo Carey. Durante los años siguientes se esforzó
ininterrumpidamente, orando, escribiendo y hablando sobre el asunto de
llevar a Cristo a todas las naciones. En mayo de 1792 predicó su
memorable sermón sobre Isaías 54:2, 3: “Ensancha el sitio de tu
tienda, y las cortinas de tus habitaciones sean extendidas; no seas
escasa; alarga tus cuerdas y refuerza tus estacas. Porque te
extenderás a la mano derecha y a la mano izquierda; y tu descendencia
heredará naciones, y habitará las ciudades asoladas”.
Disertó sobre la importancia de esperar grandes cosas de Dios y, luego
puso de relieve la necesidad de emprender grandes obras para Dios.
El
auditorio se sintió culpable de haber negado el evangelio a los países
paganos, al punto de “clamar en coro”. Se organizó entonces la
primera sociedad misionera en la historia de las iglesias de Cristo,
para la predicación del evangelio entre los pueblos nunca antes
evangelizados. Algunos ministros como Brainred, Eliot y Schwartz ya
habían ido a predicar en lugares distantes, pero sin que las iglesias
se uniesen para sustentarlos.
A
pesar de que la información de la sociedad fue el resultado de la
persistencia de Carey, él mismo no tomó parte de su establecimiento.
Sin embargo, en ese tiempo se escribió lo siguiente acerca de él:
“Ahí
está Carey, pequeño en estatura, humilde, de espíritu sereno y
constante; ha transmitido el espíritu misionero a los corazones de los
hermanos, y ahora quiere que sepan que él está listo para ir a donde
quieran mandarlo, y está completamente de acuerdo en que formulen
todos los planes.”
Pero ni siquiera con esta victoria le fue fácil a Guillermo Carey
materializar su sueño de llevar a Cristo a los países que permanecían
en tinieblas, aunque dedicaba su espíritu indómito para alcanzar la
meta que Dios le había marcado.
La
iglesia donde predicaba, no consentía que dejase el pastorado, y sólo
después que los miembros de la sociedad visitaron la iglesia, fue que
este problema se resolvió. En el informe de la iglesia consta lo
siguiente: “A pesar de estar de acuerdo con él, no nos parece bien
que nos deje aquel a quien amamos más que a nuestra propia alma.”
Sin
embargo, lo que él sintió más fue que su esposa se rehusara
terminantemente a irse de Inglaterra con sus hijos. No obstante Carey
estaba tan seguro de que Dios lo llamaba para trabajar en la India,
que ni la decisión de su esposa lo hizo vacilar.
Había otro problema que parecía no tener solución; no se permitía la
entrada de ningún misionero en la India. En tales circunstancias era
inútil pedir permiso para entrar; y fue en esas condiciones que
lograron embarcar, sin poseer ese documento. Desafortunadamente el
navío demoró algunas semanas en partir; y poco antes de que zarpara,
los misioneros recibieron orden de desembarcar.
A
pesar de tantos contratiempos, la sociedad misionera continuó
confiando en Dios; lograron obtener dinero y compraron un pasaje para
la India en un navío dinamarqués. Una vez más Carey le rogó a su
querida esposa que lo acompañase. Pero ella persistió en su negativa,
y nuestro héroe, al despedirse de ella, le dijo: “Si yo poseyese el
mundo entero, lo daría alegremente todo por el privilegio de llevarte
a ti y a nuestros queridos hijos conmigo; pero el sentido de mi deber
sobrepasa cualquier otra consideración. No puedo volver atrás sin
sentir culpa en mi alma.”
Sin
embargo, antes de que el navío partiese, uno de los misioneros fue a
la casa de Carey. Muy grande fue la sorpresa y el regocijo de todos
al saber que ese misionero lograra convencer a la esposa de Carey para
que acompañase a su marido. Dios conmovió el corazón del comandante
del navío para que la llevase, en compañía de los hijos, sin cobrar el
pasaje.
Por
supuesto el viaje a vela no era tan cómodo como en los vapores
modernos. A pesar de los temporales, Carey aprovechó su tiempo para
estudiar el bengalí y ayudar a uno de los misioneros en la obra de
traducir el Libro del Génesis al bengalí.
Durante el viaje Guillermo Carey aprendió suficiente bien el bengalí
como para entenderse con el pueblo. Poco después de desembarcar
comenzó a predicar, y los oyentes venían a escucharlo en número
siempre creciente.
Carey percibió la necesidad imperiosa de que el pueblo tuviese una
Biblia en su propia lengua y, sin demora, se entregó a la tarea de
traducirla. La rapidez con que aprendió las lenguas de la India, es
motivo de admiración para los mejores lingüistas.
Nadie sabe cuántas veces nuestro héroe experimentó grandes desánimos
en la India. Su esposa no tenía ningún interés en los esfuerzos de su
marido y enloqueció. La mayor parte de los ingleses con quienes Carey
tuvo contacto, lo creían loco; durante casi dos años no le llegó
ninguna carta de Inglaterra. Muchas veces Carey y su familia
carecieron de dinero y de alimentos. Para sustentar a su familia, el
misionero se volvió labrador, y trabajó como obrero en una fábrica de
añil.
Durante más de treinta años Carey fue profesor de lenguas orientales
en el Colegio de Fort Williams. Fundó también el Colegio Serampore
para enseñar a los obreros. Bajo su dirección el colegio prosperó, y
desempeñó un gran papel en la evangelización del país.
Al
llegar a la India, Carey continuó los estudios que había comenzado
cuando era niño. No solamente fundó la sociedad de agricultura y
Horticultura, sino que también creó uno de los mejores jardines
botánicos; escribió y publicó el Hortus Bengalensis. El libro
Flora Indica, otra de sus obras, fue considerada una obra
maestra por muchos años.
No
se debe pensar, sin embargo, que para Guillermo Carey la horticultura
era sólo una distracción. Pasó también mucho tiempo enseñando en las
escuelas de niños pobres. Pero, sobre todo, siempre ardía en su
corazón el deseo de llevar adelante la obra de ganar almas.
Cuando uno de sus hijos comenzó a predicar, Carey escribió: “Mi
hijo, Félix, respondió al llamado de predicar el evangelio.” Años
más tarde, cuando ese mismo hijo aceptó el cargo de embajador de la
Gran Bretaña en Siam, el padre, desilusionado y angustiado, escribió a
un amigo: “Félix se empequeñeció hasta volverse un embajador!”
Durante los cuarenta y un años que Carey pasó en la India, no visitó
Inglaterra. Hablaba con fluidez más de treinta lenguas de la India;
dirigía la traducción de las Escrituras en todas esas lenguas y fue
nombrado para realizar la ardua tarea de traductor oficial del
gobierno. Escribió varias gramáticas hindúes y compiló importantes
diccionarios de los idiomas bengalí, maratí y sánscrito. El
diccionario bengalí consta de tres volúmenes e incluye todas las
palabras de la lengua, con sus raíces y origen, y definidas en todos
los sentidos.
Todo esto fue posible porque Carey siempre economizó el tiempo, según
se deduce de lo que escribió su biógrafo:
“Desempeñaba
estas tareas hercúleas sin poner en riesgo su salud, porque se
aplicaba metódica y rigurosamente a su programa de trabajos, año tras
año. Se divertía pasando de una tarea a la otra. El decía que pierde
más tiempo cuando se trabaja sin constancia e indolentemente, que con
las interrupciones de las visitas. Observaba, por lo tanto, la norma
de tomar, sin vacilar, la obra marcada y no dejar que absolutamente
nada lo distrajese durante su período de trabajo.”
Lo
siguiente, escrito para pedirle disculpas a un amigo por la demora en
responderle su carta, muestra cómo muchas de sus obras avanzaron
juntas:
“Me
levanté hoy a las seis, leí un capítulo de la Biblia hebrea; pasé el
resto del tiempo, hasta las siete, orando. Luego asistí al culto
doméstico en bengalí con los sirvientes. Mientras me traían el té,
leí un poco en persa con un munchi que me
esperaba; leí también, antes de desayunar, una porción de las
Escrituras en indostaní. Luego, después de desayunar, me senté con un pundite que me esperaba, para continuar la traducción
del sánscrito al ramayuma. Trabajamos hasta las diez. Entonces fui
al colegio para enseñar hasta casi las dos de la tarde. Al volver a
casa, leí las pruebas de la traducción de Jeremías al bengalí, y acabé
justo cuando ya era hora de comer. Después de la comida, me puse a
traducir, ayudado por el pundite jefe del colegio, la
mayor parte del capítulo ocho de Mateo al sánscrito. En esto estuve
ocupado hasta las seis de la tarde. Después de las seis me senté con
un pundite de Telinga, para traducir del sánscrito a la
lengua de él. A las siete comencé a meditar sobre el mensaje de un
sermón que prediqué luego en inglés a las siete y media. Cerca de
cuarenta personas asistieron al culto, entre ellas un juez del Sudder
Dewany Dawlut. Después del culto el juez contribuyó con 500 rupias
para la construcción de un nuevo templo. Todos los que asistieron al
culto se fueron a las nueve de la noche; me senté entonces para
traducir el capítulo once de Ezequiel al bengalí. Acabé a las once, y
ahora te estoy escribiendo esta carta. Después, clausuraré mis
actividades de este día en oración. No hay día en que pueda disponer
de más tiempo que esto, pero el programa varía.”
Al
avanzar en edad, sus amigos insistían en que disminuyese sus
esfuerzos, pero su aversión a la inactividad era tal, que continuaba
trabajando, aun cuando la fuerza física no era suficiente para activar
la necesaria energía mental. Por fin se vio obligado a permanecer en
cama, donde siguió corrigiendo las pruebas de las traducciones.
Finalmente, el 9 de Junio de 1834, a la edad de 73 años, Guillermo
Carey durmió en Cristo.
La
humildad fue una de las características más destacadas de su vida, Se
cuenta que, estando en el pináculo de su fama, oyó a cierto oficial
inglés preguntar cínicamente: “¿El gran doctor Carey no era
zapatero?” Carey al oír casualmente la pregunta respondió:
“No,
mi amigo, era apenas un remendón.”
Cuando Guillermo Carey llegó a la India, los ingleses le negaron el
permiso para desembarcar. Al morir, sin embargo, el gobierno ordenó
que se izasen las banderas a media asta, para honrar la memoria de un
héroe que había hecho más por la India que todos los generales
británicos.
Se
calcula que Carey tradujo la Biblia para la tercera parte de los
habitantes del mundo. Así escribió uno de sus sucesores, el misionero
Wenger: “No sé cómo Carey logró hacer ni siquiera una cuarta parte
de sus traducciones. Hace como veinte años
(En
1855) que algunos misioneros, al presentar el evangelio en Afganistán
(país del Asia Central), encontraron que la única versión que ese
pueblo entendía, era la Pushtoo hecha en Sarampore por Carey.”
El cuerpo de Guillermo Carey descansa, pero su obra continúa siendo
una bendición para una gran parte del mundo.

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